7 de julio de 2009.- La injusticia que supone medio siglo de represión, asimilación cultural y ocupación en el Tíbet cuenta con el (casi) atenuante de que al menos el sufrimiento de su gente no ha caído en el olvido.

Los límites a la libertad religiosa, las detenciones sin garantías judiciales y la constante presencia de las fuerzas del orden en la vida diaria de tibetanos y 'uighures' son, sin embargo, males secundarios ante la más demoledora de las armas que el régimen comunista emplea para mantener bajo control a sus dos grandes provincias rebeldes.

El último ejemplo ha sido el comienzo de la demolición de hasta el 80% de la Ciudad Antigua de Kashgar, histórico mercado de la Ruta de la Seda, dentro de un plan para dispersar a la población 'uighur'.

La justificación de Pekín para invadir, ocupar y dominar tanto a los tibetanos como a los 'uighures' no es nueva: la necesidad de liberar a sus pueblos -no importa que no lo hayan pedido- y ofrecerles todas las virtudes de una civilización que ni aceptan ni desean.

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http://www.elmundo.es/elmundo/2009/07/07/cronicasdesdeasia/1246941953.html